El regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh representaba mucho más que una nueva gira. Después de casi dos décadas, el reencuentro con la formación original exigía construir una identidad visual capaz de acompañar esa emoción sin competir con ella. Con una puesta desarrollada sobre ChamSys, una escenografía completamente blanca, proyección en lugar de pantallas LED y un concepto donde iluminación, video y espacio funcionan como un único lenguaje, Maxi Gilbert apostó por una idea poco habitual en los grandes espectáculos actuales: que toda la atención volviera al artista.

Hay producciones que nacen alrededor de una pantalla LED. Otras comienzan con una gran estructura escénica o con una nueva tecnología. En el caso del regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh, la historia comenzó con una pregunta mucho más sencilla.
¿Cómo construir un espectáculo donde el escenario acompañe la emoción sin convertirse en el protagonista?
Esa pregunta resume buena parte de la carrera de Maxi Gilbert. El diseñador de iluminación argentino, radicado en Madrid desde hace más de dos décadas, creador del Museo de la Luz y uno de los referentes iberoamericanos del diseño escénico, ha desarrollado una filosofía donde la iluminación, la escenografía y la tecnología nunca buscan imponerse sobre el artista, sino potenciar la historia que se quiere contar. Esa mirada, construida a lo largo de más de treinta años de trayectoria, es la que hoy da forma al esperado regreso de La Oreja de Van Gogh.
Para Gilbert, esa respuesta comenzó a tomar forma varios meses antes del primer ensayo.

“Cuando salió la noticia estaba en todos lados. Era una de esas giras que cualquier diseñador tiene ganas de hacer. También por una cuestión generacional, porque es una banda con la que ya había coincidido años atrás y volver a encontrarme con ellos en este momento fue muy especial”, recuerda Gilbert.
El proyecto comenzó a desarrollarse en noviembre 2025. La única premisa inicial llegaba de la propia Amaia Montero: quería que el espectáculo naciera desde un escenario completamente blanco. A partir de esa idea, Gilbert comenzó a trabajar junto a Susana Martínez Allende, a cargo de las visuales, y activa en la colaboración con el diseño de escenografía, desarrollando un concepto donde todos los elementos hablaran el mismo idioma.
“Queríamos alejarnos completamente del escenario rock and roll que vemos hoy. No buscábamos que resaltara el diseño, sino construir un espacio donde quien realmente destacara fuera Amaia. El resto del grupo debía acompañarla, no competir con ella”, explica.
La decisión parecía sencilla, pero suponía ir completamente a contramano de muchas de las tendencias actuales de la industria.
Mientras la mayoría de las grandes giras construyen su identidad visual alrededor de enormes pantallas LED, estructuras negras y efectos cada vez más espectaculares, Gilbert decidió recorrer exactamente el camino contrario.
“No queríamos trabajar con pantallas. Todo el espectáculo está planteado con proyección sobre bastidores blancos. Era un diseño arriesgado porque hoy prácticamente todo el mundo trabaja con LED, pero entendíamos que esa no era la esencia que estábamos buscando”, asegura.

Una forma de entender el escenario que nació hace muchos años
Aunque este concepto terminó materializándose en el regreso de La Oreja de Van Gogh, Gilbert reconoce que esa manera de pensar el diseño escénico comenzó mucho antes.
Cuando todavía vivía en Argentina y descubría, a través de revistas, que un recital podía construirse con la misma profundidad narrativa que una obra de teatro. “Recuerdo haber visto en las revistas Pelo y Humor la puesta en escena de Bicicleta, de Serú Girán, diseñada por Renata Schussheim. Ahí entendí que la música podía convivir perfectamente con el lenguaje del teatro y de la ópera. Creo que, sin darme cuenta, ese fue uno de los momentos que me llevaron a dedicarme a diseñar puestas en escena”, reconoce.
Con el paso de los años apareció otro referente que terminaría consolidando esa visión. “Siempre recuerdo lo que contaba Sandro Pujía con muchísima emoción, sobre cómo había concebido los catorce conciertos de Canción Animal, de Soda Stereo, en el Teatro Gran Rex, utilizando trapecios completamente blancos y construyendo toda la narrativa visual mezclando color sobre esas superficies. Esa manera de utilizar el blanco como soporte creativo siempre quedó conmigo”.

Aquellas influencias terminaron apareciendo, de forma casi natural, en esta nueva producción.
El escenario recupera la sencillez de los antiguos sets de televisión donde actuaban las grandes bandas de los años sesenta, pero reinterpretado desde una estética contemporánea inspirada en el movimiento Space Age y en las tiendas diseñadas por André Courrèges en París.
Todo el espacio fue concebido como una enorme superficie blanca capaz de transformarse únicamente mediante la luz.
La escenografía está formada por 43 bastidores, de los cuales 14 pueden girar 360 grados, permitiendo modificar continuamente la percepción del escenario mediante reflejos, sombras y proyecciones.
Incluso las características estructuras circulares conocidas como tulipas fueron diseñadas con una función mucho más importante que la decorativa.

“Buscábamos un concepto. La idea era ocultar lo más posible la tecnología para que pareciera que la luz nacía del propio escenario. Las luminarias debían integrarse a la escenografía y desaparecer”, comenta Gilbert.
La propuesta original contemplaba una cantidad aún mayor de estas estructuras, pero las limitaciones presupuestarias obligaron a simplificar parte del diseño sin alterar el concepto general.
“Había muchas más tulipas previstas, pero hubo que reducirlas. Lo importante era mantener la idea original y que el escenario siguiera transmitiendo esa sensación de limpieza y pureza que buscábamos”, relata.
Todo ese trabajo perseguía un único objetivo: que el público dejara de mirar el escenario para volver a mirar a la artista.
“No quería que el diseño fuera histriónico. Quería trabajar la iluminación, los colores y sus mezclas sobre superficies blancas, pero sin que nada distrajera la atención de Amaia”, concluye Gilbert.

La tecnología al servicio de una idea
Una vez definido el concepto artístico, comenzaba otro desafío: convertir esa visión en un espectáculo capaz de adaptarse a recintos completamente diferentes sin perder su identidad.
Para lograrlo, Gilbert eligió trabajar junto a Diego Alarcos, un joven programador de 28 años proveniente del mundo de la televisión, cuya experiencia resultó determinante para un proyecto donde la fotografía y el equilibrio visual tenían mucho más peso que el impacto lumínico.
“Quería alguien que entendiera la fotografía. En este espectáculo no podíamos excedernos con la intensidad porque cualquier exceso quemaba completamente los blancos. Diego tiene esa sensibilidad y fue una pieza fundamental para desarrollar el concepto”, enfatiza Gilbert.
Toda la programación fue desarrollada sobre una consola MagicQ MQ500M+ Stadium de ChamSys, pero, lejos de utilizarla únicamente como una consola de iluminación, el equipo la convirtió en el centro de integración entre iluminación, video y escenografía.

“Estamos trabajando mucho con la parte de Video Server. No solamente programamos iluminación; también programamos video desde la propia consola. Tratamos el contenido proyectado como si fuera una luminaria más”, informa.
Cada uno de los bastidores fue mapeado individualmente para que las proyecciones dialogaran permanentemente con la iluminación. De esa manera, el video dejó de funcionar como un elemento independiente para convertirse en parte activa de la composición lumínica.
“Eso nos permite reemplazar muchos efectos tradicionales de iluminación por contenido de video, manteniendo una única lógica de programación dentro de ChamSys. Al final no estás pensando qué hace la luz y qué hace el video; todo forma parte del mismo concepto”, señala.
La flexibilidad de la plataforma también resultó fundamental para acompañar el crecimiento de la gira. Aunque el espectáculo nació pensando en estadios, actualmente convive con arenas, plazas de toros y recintos de diferentes dimensiones, obligando a adaptar el diseño sin alterar su esencia.
“Todo fue diseñado para el formato estadio. Después vamos reduciendo elementos según el recinto, pero siempre pensando en que el concepto siga siendo el mismo. La idea es que el espectáculo pueda crecer sin perder su identidad”, admite Gilbert.
Las nuevas herramientas de agrupación dinámica incorporadas en ChamSys facilitaron esa tarea.
“Cuando toca recudir la cantidad de luminarias simplemente modificamos los grupos y el comportamiento de los efectos se mantiene. Esa posibilidad de reorganizar el sistema sin rehacer toda la programación nos da muchísima libertad para adaptar el espectáculo a cada escenario”, admite Maxi Gilbert.
Otro de los grandes retos apareció cuando la gira comenzó sus primeras funciones al aire libre. El escenario blanco, pensado para potenciar la iluminación y las proyecciones, debía convivir ahora con un adversario imposible de controlar: la luz natural.
“Es imposible luchar contra el sol. Los primeros temas están planteados prácticamente en blanco porque la escenografía tiene que funcionar igual de bien de día que de noche. A medida que cae la tarde, el espectáculo empieza a transformarse junto con la luz natural”, confiesa.
Para acompañar esa transición, el equipo trabaja permanentemente con distintos Grand Masters, ajustando intensidades y colorimetrías según evoluciona la luz ambiente.

“Estamos en una batalla constante entre la luz del escenario, la proyección y el sol. Esta capacidad de la consola nos permite encontrar ese equilibrio en cada recinto y en cada horario”, confirma.
La propia Amaia también asumió un desafío personal dentro de la puesta. Después de casi dos décadas alejada de la banda, aceptó comenzar el espectáculo emergiendo desde debajo del escenario y elevarse varios metros sobre el público mediante una plataforma motorizada.
“Era un reto importante. No sabíamos cómo se iba a sentir con esa propuesta, pero desde el primer momento quiso hacerlo. Lo vivió como un desafío personal y eso también terminó fortaleciendo el concepto del espectáculo”. El resultado fue recibido con entusiasmo tanto por la banda como por el equipo de producción.
“La felicidad fue absoluta. Me dijeron que nunca habían tenido un espectáculo desarrollado con un concepto tan definido, donde cada canción respondiera a una misma idea visual. Eso fue muy emocionante. Y la respuesta del público terminó de confirmar que el camino elegido había sido el correcto”.
Con más de 100.000 entradas vendidas en solo 1 hora, marcando un récord, el regreso de La Oreja de Van Gogh se convirtió en un fenómeno que trascendió lo musical para transformarse en un reencuentro emocional entre la banda y varias generaciones de seguidores.
“Se vive una emoción colectiva muy difícil de explicar. La gente no viene solamente a un concierto; viene a reencontrarse con una parte de su vida”, reflexiona Gilbert.
Quizá por eso una de las frases que más se repite durante la conversación resume toda su filosofía de trabajo. “Este espectáculo necesitaba otra forma de contar la historia”. Y esa es, probablemente, la mayor enseñanza que deja este proyecto.

Detrás de cada decisión técnica existe una idea construida durante décadas, alimentada por referentes como Renata Schussheim y Sandro Pujía, y desarrollada a través de una manera muy particular de entender la escena, donde la iluminación dialoga con la arquitectura, la fotografía, el teatro y la música.
En ese recorrido, ChamSys no aparece como el protagonista del espectáculo, sino como la herramienta que permitió integrar iluminación, video y programación dentro de un único flujo creativo, respetando la visión original del diseñador desde el primer boceto hasta el último concierto.
Porque para Maxi Gilbert la tecnología nunca es el punto de partida. Es simplemente el medio para hacer visible una idea.
Y cuando esa idea está bien construida, el escenario deja de reclamar atención para devolverle todo el protagonismo a quien realmente debe ocupar el centro de la escena: el artista.




