Chango Álvarez y Sennheiser: entre la música, la intuición y el poder del sonido.

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Con una trayectoria marcada por la sensibilidad y la precisión, Héctor ‘Chango’ Álvarez consolidó su lugar en la escena del audio en vivo. Su conexión con Sennheiser atraviesa cada etapa, reflejando una afinidad técnica y emocional que potencia cada mezcla.

Héctor Álvarez del Castillo, conocido como “El Chango” —apodo de preparatoria que se volvió su sello personal—, nació en Ciudad de México y lleva más de 30 años recorriendo con pasión el mundo del audio, guiado por una fuerte herencia cultural y una vocación profunda por el sonido.

“Mi mamá siempre fue apasionada de la música de protesta, con influencias desde María Dolores Pradera hasta Chabuca Granda, pasando por los Chalchaleros y la música sudamericana”, recuerda El Chango, quien creció en una casa donde nunca faltaron guitarras, tambores peruanos y bombos: “todo un arsenal musical”.

Su abuelo, melómano tamaulipeco y cirujano de profesión, alimentaba la tradición con una impresionante colección de discos que escuchaban juntos como un ritual diario. Y aunque sus tías bailaban en ‘Las Palomas de San Jerónimo’ —una escuela de danza regional organizada por la esposa del presidente Luis Echeverría, prima de su abuela—, su conexión no estaba en el movimiento, sino en el sonido: “Bailar no era lo mío, mi pasión eran los instrumentos”.

Aunque su entorno lo empujaba hacia la música, su padre —quien le inculcó el amor por la música clásica y lo llevaba a salas como la Nezahualcóyotl— tenía otros planes para él. Pero el destino ya estaba marcado: “Desde los tres años metido en salas de conciertos, con el ritual de escuchar discos completos con mi abuelo mientras tomábamos café, fue lo que mamé, tal cual”.

La obsesión por el sonido se hizo escuela.

Aunque no existían carreras formales de audio en su época, El Chango no se quedó quieto. Aprendió entre consolas y cuadernos vacíos, pero sobre todo, observando. “Soy las dos cosas”, dice cuando le preguntan si fue autodidacta o formado. “Sí he tenido estudios formales, pero en mi época no había nada realmente formal… más bien tomar cursos.”

La verdadera escuela fue un teatro, y su mentor, un español que marcó su camino. “Conocí a este señor que había llegado de España, Paco Arquero… con él hubo clic inmediato. Él me tomó bajo su cuidado, me dijo que me llevara un cuaderno y que me pusiera a escribir… por supuesto, el cuaderno se quedó ahí a un lado, y lo único que hacía era ver.”

Ese verano, durante una temporada completa en el Teatro de los Insurgentes, presenció desde las sombras cómo se construye un show. “Fue un show de Daniela Romo, se llamaba De Mil Colores. Ahí fue donde vi qué era lo que hacía Paco, y fue cuando dije: esto es lo que quiero hacer.”

Aunque, claro, ese “esto” todavía convivía con un sueño más luminoso. “Yo en realidad quería ser cantante y estrella del rock”, confiesa con una sonrisa inevitable.

El primer salto al vacío se llama Botellita de Jerez.

No hubo un punto exacto en el que El Chango dijera “ahora soy profesional”, porque desde el comienzo cada paso se sintió importante. Pero hubo una primera vez en la que se paró solo frente a una consola y se hizo cargo de todo. “Lo primero que hice yo solito, que me aventé a hacerlo yo, fue con Botellita de Jerez… era un grupo de rock nacional mexicano. Muy chistosos, porque era rock and roll con comedia, pero también con protesta”.

Tenía apenas 20 años y estaba en un festival, sin mucha idea de lo que estaba a punto de hacer. Pero se subió. Literalmente. “Me subí a una consola sin saber bien qué era lo que me estaba yo metiendo”. El guitarrista del grupo, amigo suyo desde la preparatoria, fue quien lo recomendó. “Les había dicho que yo sabía audio, y pues ahí nos fuimos y nos aventamos los dos.”

Como suele pasar en los comienzos, el talento es importante… pero lo que más pesa es el entusiasmo. “Sí, sí… ‘Este sabe y no cobra’, esa fue la cosa”, se ríe. Y el remate cae solo, con la complicidad del recuerdo.

Llegada a las grandes ligas

Aunque gran parte del público lo conoció por su trabajo con Camila, detrás de escena hay un camino extenso, diverso y lleno de decisiones que fueron marcando su perfil. Hoy, su presente profesional combina artistas consagradas, como Edith Márquez y Fey, con proyectos independientes que alimentan su lado más espiritual y emocional.

“Trabajo con Edith, con Fey, con Aterciopelados cuando vienen a México, con Rock en tu idioma… Y después están los proyectos independientes, que son los que llenan mi corazón. Es lo que hago por amor”, cuenta.

Ese equilibrio entre lo masivo y lo íntimo parece haber sido una constante en su carrera. Tras diez años con Camila, también pasó por giras con Alejandra Guzmán, Gloria Trevi y el famoso tour Versus, donde el salto de escala fue rotundo.

Versus fue un parteaguas. Estaba haciendo arenas, y me llevaban todo el equipo tal cual lo pedía. La consola que quería, los micrófonos, los in-ears… ¡la carta Santa Claus completa!”, recuerda entre risas. “Ahí fue cuando dije: estoy en las grandes ligas”.

Hasta la pandemia, su rol principal era el de ingeniero de monitores, pero algo cambió: “Estaba aburrido de hacer mezclas para los demás. Quería hacer sala, y se me dio. Ahora, con Edith y con Fey, hago todo: sala y monitores”.

Lejos de pesarle, la multifunción lo motiva, sobre todo cuando se trata de experiencias que trasciendan lo técnico.

Así nació Inmersia, una ceremonia de cacao (un ritual ancestral que tiene sus raíces en las antiguas culturas de América Central) con audio inmersivo en 5.1 que diseñó junto a su amigo Luis Cardoso durante la pandemia. “Fue lo que me salvó la vida”, confiesa. “Diseñé un sistema para algo completamente diferente: acústico, íntimo, muy detallado. No lo hubiera podido hacer sin todo el background que ya traía”.

Ese tipo de proyectos lo reconectan con lo esencial, como su trabajo con René Mooi, una cantante mexicana cuya voz define como “medicina”, o con Kafi, otra artista que —según dice— “le vuela la cabeza”.

Al mirar en retrospectiva, surge una reflexión inesperada: “Después de Camila, todas las artistas con las que trabajé fueron mujeres. No sé por qué, tal vez tengo una mejor sinergia con ellas”. Entre ellas, destaca a Fey, con quien mantiene una relación “súper linda, de amistad”.

Técnica y corazón

Entre estadios repletos y ceremonias íntimas, grandes consolas y acústicas delicadas, su recorrido demuestra que la técnica puede convivir con la sensibilidad, y que el audio también puede ser vehículo de algo más profundo.

“Estoy buscando todo el tiempo”, dice, como quien no se detiene ni siquiera al mirar atrás. Antes de tocar un solo botón, él ya sabe lo que necesita quien está del otro lado del escenario.

“Mi mayor fortaleza es ser músico y entender qué es lo que piden los músicos”, afirma sin rodeos. Haber estado sobre el escenario le dio una brújula interna difícil de explicar y más difícil aún de replicar. Y esa sensibilidad se complementa con una pasión voraz que nunca se detiene. “Siempre estoy buscando música nueva”, asegura.

Hubo un tiempo en el que las consolas eran analógicas, las bocinas se conectaban con “tendederos de cables” y el armado era, más que artesanal, casi épico. Pero el salto tecnológico en las últimas dos décadas fue tan rotundo como liberador.

“Ya no tengo nada que hacer… ya nada más tengo que ir a subir los faders”, bromea. Aunque sabe que hay algo más profundo detrás: oído, intuición, sensibilidad. “Lo que me ha regalado la tecnología ahora es que puedo pensar más alto”, dice, y ahí está la clave.

El futuro, para él, está marcado por las experiencias inmersivas. “The Sphere, en Las Vegas, me voló la cabeza”, confiesa sin filtro. Lo visitó, lo vivió, y algo hizo clic. “Te hace pensar en otras cosas, en otras posibilidades”.

No habla solo de espectáculos, sino de bienestar, de conexión, de estados mentales y emocionales. “Yo creo que va para allá mucho este rollo”, concluye.

Cruzando caminos con SENNHEISER

La historia con Sennheiser no empezó como una alianza formal ni con una estrategia de marca detrás. Empezó como empiezan las cosas que valen la pena: por confianza, por admiración técnica y por una necesidad real. “Debe hacer como diez años… o más. Soy malísimo para las fechas”, reconoce entre risas.

Pero el punto de partida lo tiene claro.

Todo arrancó con una conversación entre colegas. Daniel Martínez, uno de sus mejores amigos y actual ingeniero de sala de Mon Laferte, fue quien abrió el camino: trabajaba con Natalia Lafourcade y eligió para ella un sistema Serie 2000 de Sennheiser.

“Cuando me sumé al equipo de Alejandra Guzmán, lo primero que me preguntó fue: ‘¿Cómo hago para sonar bien siempre, en todos lados?”. La respuesta fue directa: “tenés que tener el corazón del show en tus manos”.

Y ese corazón era claro: microfonía e in-ears. Tener el control de esos elementos críticos significaba eliminar de raíz los problemas más comunes de los shows en vivo: interferencias, fallos de monitoreo, micrófonos maltratados por la compañía de renta.

Se acercó a Julio Bracho, Director de Ventas de Latinoamérica y Armando Gonzalez Cervantes, Gerente de Ventas Pro en México, representantes de la marca. Y la oportunidad no tardó en presentarse: una propuesta para adquirir el sistema Digital 9000, junto con los 2000 y los 2050, además de toda la microfonía de cable para batería y guitarras.

Alejandra no dudó. “Me dio un cheque inmediatamente”, cuenta aún con sorpresa. No por el gesto económico, sino por lo que significaba: poder acceder a lo mejor. “Fue una venta que ni yo me esperaba… pero me emocionaba tener todo lo top of the line. Nunca fue por comisión: era por pasión”.

Esa pasión se traduce en una convicción inquebrantable. “Yo sí les oigo una diferencia a los micrófonos alemanes. Sí noto la calidad. Cuando uso Sennheiser, lo noto en los shows. Es otra cosa”. Más allá del sonido, hay otro factor igual de importante: la confianza. “Con el RF de Sennheiser me siento muy cómodo. Es súper estable. Y cuando llegó el 9000… me voló la cabeza. El escaneo era una maravilla, el sonido como si tuviera un micrófono de cable. Fue increíble”.

Cuando se le pregunta qué productos de Sennheiser usa con más frecuencia, la respuesta es clara y sin vueltas: “Uso todos”, afirma.

Con Edith traigo un 6000”, dice, y no se detiene. “Tengo sus 20-50, todo el mariachi lo microfoneo con EWX, con unos 908. Micrófonos de cable para toda la batería, de la serie 600. Series 900 en guitarras y el clásico 421”. La lista sigue: “Los últimos dos auditorios nacionales con Edith, me llevé los MCM de Neumann para un quinteto de cuerdas. Uso todo”.

No solo en el escenario, sino también en el estudio la confianza está puesta en la marca: “Aquí en mi estudio tengo unas KH80 con un subwoofer. Soy fan, un fanático”. Pero lo que destaca, y que lo hace diferente a una simple relación comercial, es lo orgánico del vínculo: “Esto no fue un acuerdo tipo ‘te ofrecemos esto’ o ‘te vamos a dar tanto’. No. Al contrario, yo los promuevo porque es lo que me gusta usar”.

La conversación se vuelve aún más personal cuando surge la pregunta sobre las cápsulas favoritas. «Tengo esa, la 935 también, sí. Cualquiera de esas pastillas me encanta. Obviamente también me encanta la Neumann. Requiere de cantantes con poder, porque si no, eso se vuelve un micrófono ambiental cuando la gente no canta fuerte.»

En su estudio, El Chango trabaja con un sistema que conoce al detalle: monitores KH-80, un subwoofer —posiblemente KH-150— y micrófonos MCM, que también lo acompañan en vivo. Justamente, los MCM fueron clave en un proyecto especial: una canción escrita por su amiga Daniela de la Torre tras superar un cáncer de mama. “Quise ayudarla”, cuenta. Grabó guitarras con César Huesca usando una nylon heredada de su abuelo y violines con Luis Cardoso, todo con MCM. Para la voz, eligió un TLM-102 en una grabación íntima y cuidada, donde cada elemento acústico fue pensado. Incluso usó el M1, incluido con sus KH-80, para calibrar la sala: “Gracias a su DSP, me ecualizó todo de acuerdo al espacio”. El resultado lo dice todo: “Ya tuve la fortuna de ser editado por una disquera inglesa. La semana pasada mezclé un disco electrónico y quedó increíble”.

Y al final, todo cierra: «Y aquí, todo es Neumann y Sennheiser, la verdad. Estas bocinas me suenan como cuando me dejan bien alineado un equipo en vivo.»

Marcando la diferencia en el sonido

Si hay una experiencia que marcó un antes y un después en su relación con Sennheiser, fue el paso por el equipo de Alejandra Guzmán.

«Cuando entré, traía lo que me rentaba la empresa de audio. Pero cuando compró el sistema 9000 y pude tener todo eso… de entrada, el poder escanear las frecuencias y hacer un RF desde un solo aparato para todos los micrófonos inalámbricos y los in-ears hizo una diferencia cañona.»

Pero el verdadero quiebre llegó con el sonido: «La primera vez que escuché su voz a través de un micrófono 9000, o sea, de un 6000, que es lo mismo… cambió completamente mi perspectiva de cómo tenían que sonar las cosas.»

¿Pero los artistas notan la diferencia?

«Yo afortunadamente siempre soy de los que va y se mete en el camerino y trata de tener esas conversaciones con ellos. Porque para ser monitorista, que fue a lo que me dediqué la mayor parte de mi vida, uno tiene que tener la comunicación abierta con los artistas. Si no, aunque te hagan señales, no vas a entender. Uno no lee los pensamientos, desafortunadamente todavía… en eso estamos, desarrollando la telepatía.»

Con sentido del humor y una claridad absoluta sobre la importancia de la conexión interpersonal en el escenario, dejó claro que la tecnología no reemplaza el vínculo humano, pero sí puede elevarlo a su máxima expresión.

El sonido del futuro

Con 50 años y una trayectoria consolidada, no hay signos de freno en su camino. Todo lo contrario: lo que viene es expansión.

Pero esa búsqueda ya no pasa solo por sumar equipos. También es un camino hacia adentro. «Ahora tengo que inventarme yo para hacerme mi propio jefe. Seguir invirtiendo, seguir creando experiencias nuevas. Reinventarme. Tal vez no solo operando audio, sino al frente de algo más grande.»

Y si bien esa reinvención aún está tomando forma, hay un destino claro: compartir.

 «Todo esto que me fue dado de gratis a través de Paco, de Francisco Arquero, ahora lo tengo que retransmitir. Lo siento como una obligación. Es parte de mi legado. No tengo hijos, pero sí tengo la oportunidad de transmitir mis conocimientos a los jóvenes.»

¿La docencia? Sin duda es una posibilidad. «He dado alguna que otra masterclass y lo disfruto muchísimo. Pero también veo que es difícil. Yo me acuerdo que estuve detrás de Paco a donde me decía que fuera, iba. Me traía como el karate kid. Le armaba racks, hacía carpintería. Quería que me contara sus historias con Luis Miguel, con Camilo Sesto, con Daniela Romo. Eso era mi alimento».

Chango quiere definir en una línea sobre lo que más disfruta de su trabajo, pero la respuesta se desborda. «Disfruto encontrar nueva música, conectar, sumarme a proyectos que me llenen el corazón, que me hagan ser mejor. Conocer gente que se atreve a hacer cosas distintas. Visitar lugares nuevos. Encontrar magia en todos lados.»

En su universo, la música no es solo trabajo. Es lenguaje. Es propósito. Es mística.

«Es un lenguaje no hablado que te puede evocar cualquier sentimiento, que te lleva a lugares de tu alma que no conocés. Es como se comunica Dios con nosotros” afirma con emoción.

Se define como un artista. Pero también como un transductor. «Tengo la fortuna de ser el mago de las frecuencias. De poder plasmar mi arte y mi talento a través de una consola y de los micrófonos. Cuando uno es técnico, estudia. Pero cuando lo traés innato, lo que hacés es buscar cómo comunicar mejor. Sos el puente entre el artista y la gente. Y eso es una gran responsabilidad: que el mensaje llegue claro a quien lo tenga que escuchar».

Cuando se le pide un consejo para quienes recién empiezan, no duda: «Lo primero es que escuchen música. Que se vuelvan melómanos. Eso te abre la cabeza.»

Después vendrá la técnica, claro. La tecnología, el entrenamiento del oído, la práctica. Para Chango es un trabajo de paciencia, de ser terco, de estar ahí. Y sobre todo, de humildad. “Porque siempre va a haber alguien que sepa más que vos» enfatiza.

Y el respeto, insiste, es la base de todo. «Si tratás bien a la gente con la que trabajás, si les mostrás tu respeto, siempre te van a ayudar. Este oficio es sinergia: los técnicos, los ingenieros, los músicos… nadie hace esto solo. Y cuando hay un equipo sólido, que se lleva bien, eso se nota. Se nota en el escenario. Se da un show increíble.»

Termina con una convicción clara y vibrante: «Como en el sonido, donde cada nota que das resuena y vuelve, todo lo que nace del amor y la humildad siempre encuentra eco. El amor atrae amor, y lo que entregas, vuelve amplificado».

Sin duda, una vida en sonido.

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1 comentario en “Chango Álvarez y Sennheiser: entre la música, la intuición y el poder del sonido.”

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